Hoy te hablo como mujer, la plática con mis amigas me hace sentir que el acoso callejero nunca acabará, ya que cada una de ellas tiene un sin fin de historias que contar sobre este tema que nos resulta incómodo y nos hace enojar mucho.
De verdad, me gustaría que un hombre viviera en el cuerpo de una mujer por un día, para que se diera cuenta de lo que es el acoso, lo incómodo que es y que es vivirlo todo los días.
El acoso callejero se presenta como un tipo de violencia, que aparece en forma de : comentarios, gestos y acciones no deseadas, realizadas por la fuerza a una persona desconocida en un lugar público y sin su consentimiento.
Más allá de las cifras se encuentran las historias de todas las mujeres y niñas que sienten (o han sentido) inseguridad en su hogar o en las calles. Es precisamente en el espacio público donde más normalizada y extendida está la violencia, sobre toda aquella que se presenta en forma de acoso.
Las jóvenes sufren acoso sexual diariamente hasta el punto de normalizarlo y vivirlo con resignación.
Algunos estudios reflejan que los hombres y chicos que cometen acoso ponen su necesidad de aceptación social. Los grupos de hombres y chicos que acosan lo consideran una forma de entretenerse y suprimen la empatía hacia las víctimas para centrarse en reforzar el vínculo con el grupo y mediarse con sus pares.

“El acoso callejero en grupo explota los desequilibrios de poder y pone en la diana a las chicas en situación más vulnerable: ocurre con más frecuencia cuando ellos van en grupos grandes y ellas son más jóvenes y están solas. Además, cuando las chicas se enfrentan al acoso, la respuesta suele desembocar en más burlas, risas y posible escalada de violencia. Estas demostraciones de poder sirven para reforzar su pertenencia al grupo, según los resultados del estudio, pero, en el proceso, humillan y atemorizan a chicas y mujeres”, denuncian.
Para hacernos una idea de la dimensión del problema, experimentaron acoso callejero verbal, sin contacto físico, una forma más normalizada de acoso que crea sensación de inseguridad porque conlleva el miedo a una escalada a formas más graves de violencia.
La mayor parte de estas experiencias desagradables tuvieron lugar, según las encuestadas, en transporte público o en parques, y mientras caminaban por la calle.
Todas las personas tienen derecho a transitar libremente y con la confianza de no ser violentados, independientemente del contexto, la edad, la hora del día o el vestuario que ocupa la persona agredida.
No hay excusas ni justificaciones para el acoso sexual callejero, pues refleja en el espacio público la desigualdad de poder entre hombres y mujeres, a través del abuso sexual.
Algunas manifestaciones de acoso sexual callejero son aceptadas como “folclóricas” o “tradicionales”, lo que tampoco debe ser argumento para tolerar esta vulneración. La violencia no puede ser patrocinada con orgullo por ningún pueblo o nación.
A la vez, el acoso callejero se vincula a la “coquetería” y sexualidad. Cada cual tiene derecho a experimentar su sexualidad como estime conveniente, siempre que no atropelle las libertades del resto. Quienes manifiestan su incomodidad y rechazo tienen derecho a mostrar su incomodidad. Asimismo, quienes acostumbran a acosar, deben comprender que han confundido la coquetería y galantería con violencia sexual.
Por todo lo anterior, las víctimas no deben sentir culpa o vergüenza por sufrir acoso sexual callejero, puesto que NUNCA ES SU CULPA. Lo importante es reflexionar de manera crítica y consciente, teniendo en cuenta que esta problemática afecta a personas particulares, pero responde a un fenómeno social complejo.
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